«Este es»: La consagración humana y científica de Maximiliano Bezada en el Pedagógico de Caracas
La UPEL otorgó el Doctorado Honoris Causa a uno de sus hijos más preclaros, en una jornada donde la memoria, el magisterio y el afecto desbordaron el auditorio institucional.
(Caracas, 20 de junio de 2026) – El paisaje, para un auténtico científico de la Tierra, nunca es un escenario estático; es una acumulación de tiempos, un relato esculpido por los elementos. Algo similar ocurre con la trayectoria de los hombres que dejan una huella profunda en la academia: no se improvisa, se construye con la firmeza de eslabones propios. El pasado jueves 18 de junio, el auditorio del Instituto Pedagógico de Caracas (IPC) rebasó por completo su capacidad física, quedando totalmente colmado en sus pasillos y graderías, para presenciar un acto de rigurosa justicia histórica e institucional: la entrega del Doctorado Honoris Causa al doctor Maximiliano Bezada por parte de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). Fue un reencuentro envuelto en una atmósfera de profunda acogida emotiva, beneplácito y respeto, donde autoridades rectorales, representantes de diversos institutos pedagógicos, ex alumnos, colegas y familiares se fundieron en un aplauso unánime para el maestro.
La solemnidad del protocolo encontró su contrapunto perfecto en el arte, gracias a la participación del Orfeón del Instituto Pedagógico de Caracas, cuyas voces rompieron la rigidez de la jornada y envolvieron el recinto en un bálsamo de honda emotividad.
El mantra de una vida: «Este es»

La ronda de intervenciones y testimonios inició formalmente con la palabra del doctor Hernán Matute. Su discurso, marcadamente anecdótico y salpicado de complicidades, rescató los días de juventud en los que un jovencísimo Bezada ya descollaba en los pasillos institucionales. Matute evocó con emoción las palabras de la madre del homenajeado, quien en una vieja residencia estudiantil le confesó el orgullo que sentía por su hijo, y recordó aquella caja llena de libros y guías minuciosamente subrayadas que delataban la temprana excelencia del estudiante. Fue en ese instante de revelación cuando Matute se dijo a sí mismo una certeza que repetiría como un mantra a lo largo de su semblanza: «Este es».
Ese estribillo —«Este es»— se convirtió en el eje para retratar al científico humilde y silencioso que enseñaba con hechos antes que con discursos. Matute rememoró cómo la agudeza de Bezada rompió los moldes tradicionales al ser elegido por sus propios compañeros como padrino de promoción cuando apenas era un preparador recién graduado, una cohorte histórica que terminó sembrando más de diecisiete profesores universitarios en el país. Recordó las clases magistrales improvisadas desde las ventanas del autobús en los viajes de campo hacia Tejerías o las Galeras del Pao, y aquella mítica escena en la Universidad de los Andes donde un preparador de veintitantos años dialogaba y sostenía tesis divergentes sobre las morrenas glaciares frente a tres tótems de la geografía nacional: Antonio Luis Cárdenas, el doctor Herrera y Leonel Vivas. «Este es, este va a ser», se repetían sus pares ante el genio naciente.
La hermandad académica
Siguiendo de inmediato el orden de palabra, la jornada sumó otra página de honda significación con la intervención del doctor Sergio Foghin, entrañable amigo y compañero de andanzas de Bezada. Foghin tomó el testigo en el podio para ofrecer un emotivo reconocimiento a su colega, hilvanando un valioso anecdotario de experiencias compartidas tanto en la gestión como en las exigentes lides de la investigación geográfica. Su testimonio no solo dibujó la complicidad de una vida volcada a la ciencia, sino que añadió una capa de calidez humana que reafirmó el espíritu de hermandad y el respeto mutuo que caracterizó a toda la ceremonia.
El rito de la distinción y «Bob el constructor»
Posteriormente, llegó el momento cumbre de la ceremonia con el otorgamiento formal del título de Doctor Honoris Causa de manos del Rector de la UPEL, el doctor Raúl López Sayago, quien plasmó en el pergamino institucional la máxima valoración a la fecunda labor del homenajeado. Acto seguido, en un quiebre del protocolo tradicional que conmovió profundamente a la sala, la Medalla Doctoral le fue impuesta al doctor Bezada por su esposa, Matilde Vielma de Bezada, un emotivo instante sorpresa que hizo estallar al auditorio en una ovación cerrada y prolongada.
Durante su propio discurso, el Rector López Sayago aportó la dimensión institucional y civil de la jornada, sazonada con agudas vivencias que retratan el espíritu indomable del homenajeado. Recordó los tiempos de trinchera presupuestaria compartida junto a Bezada y Rubén Trejo para defender los recursos destinados a la investigación y la extensión universitaria. López Sayago desveló la profunda huella de Bezada en el Consejo Universitario, rememorando la ovación de pie unánime que le brindaron el día de su jubilación, y el consenso absoluto al postularlo al Honoris Causa, donde un miembro de la comisión certificadora sentenció con obviedad: «¿Qué vamos a revisar? Los méritos están a la vista».
Con humor, el Rector compartió el peculiar apodo con el que la comunidad de los distintos pedagógicos bautizó a Bezada: «Bob el constructor». Y es que, en su rol de vicerrector de Investigación y Posgrado, Bezada no era un gerente de escritorio; recorría los institutos, detectaba necesidades físicas y, si era necesario, ejecutaba las obras él mismo. López Sayago relató cómo en pleno período vacacional descubrió a Bezada en el Pedagógico de Maracay, junto a un obrero, derribando paredes para remodelar el departamento de Inglés. «Es que no te gusta cómo va a quedar», le respondió el vicerrector con su característica tenacidad. Más allá de los títulos, el Rector subrayó que a Bezada le fascina que lo llamen simplemente «profesor», término que define su esencia como gran motivador en la UPEL, «la auténtica universidad de los maestros».
El perfil de un científico total
Para comprender la altura del homenajeado, hace falta mirar el mapa completo de su producción civil. Maximiliano Bezada Díaz no es solo un maestro de aula; es un explorador de los límites de la historia geológica de nuestro continente. Egresado como Profesor de Geografía del Pedagógico de Caracas, su insaciable curiosidad científica lo llevó a obtener una Maestría en Geomorfología por la Universidad de Ottawa, un Doctorado en Biología y Paleoecología por el IVIC, y un Postdoctorado en la Universidad de York en Canadá.

Su legado es palpable: en septiembre de 1981 fundó el Laboratorio de Pedología y Geología del Cuaternario en el Instituto Pedagógico de Caracas (IPC), y en 2001, durante su vicerrectorado, impulsó la creación de la revista científica Aula y Ambiente. Pero quizás uno de sus mayores timbres de orgullo —silencioso, como toda su obra— es haber traspasado las fronteras americanas para adentrarse en los confines del planeta como miembro activo del Programa Antártico Venezolano, participando decididamente en las II, VI y VII expediciones científicas al continente blanco.
De Ítaca a los glaciares andinos
Con esa robusta bitácora a la espalda, cuando el doctor Maximiliano Bezada tomó finalmente la palabra, prefirió el tono de una charla coloquial al de una fría conferencia académica. Guiado por el poema Retorno a Ítaca de Constantino Cavafis y los versos de Antonio Machado, Bezada desnudó su propio camino. Reconocido mundialmente por sus investigaciones sobre el cambio climático y la desaparición de los glaciares en los Andes de Venezuela, reveló que su genética andina le viene de su padre, nacido a más de 4.300 metros en la sierra peruana, y de su abuela quechua.
Repasó sus memorias de infancia viajando en carretera junto a su padre por la vía de los Llanos, donde descubrió la inversión térmica en Pariaguán, o los miles de cangrejos rojos en el trayecto hacia Punto Fijo. Confesó que su prioridad juvenil era el fútbol profesional —llegó a ser campeón nacional juvenil en 1967— y que ingresó al IPC no por una vocación inicial, sino porque la Universidad Central de Venezuela (UCV) se encontraba cerrada. Sin embargo, en los muros de la institución encontró el afecto y el ejemplo para recomponer su rumbo.
Evocó la rigurosidad de la reforma curricular de 1969 —bajo la premisa de Pablo Vila de que «para asar un conejo, lo primero es tener el conejo»—, la influencia de docentes como Melania Sánchez y José Manuel Centeno. Fue su posterior posgrado en Canadá el que lo vinculó definitivamente a los hielos y al estudio del cambio climático global, una pasión que luego trasladaría a los Andes venezolanos para demostrar cómo el calentamiento global interconecta las altas montañas con el nivel del mar.
La última confesión
Hacia el cierre de su intervención, Bezada ofreció un espacio a la gratitud íntima. Reconoció el sacrificio de su esposa, Matilde, quien postergó sus propios ideales académicos de alto nivel para criar a sus hijos, hoy profesionales exitosos en el exterior: Maximiliano José, director de posgrado en la Universidad de Minnesota, y Mariana José, consultora de proyectos en Francia.
A pesar de haber llegado a las aulas por los azares de una contingencia histórica, el hoy Doctor Honoris Causa cerró la jornada con una declaración que conmovió profundamente al auditorio: «Algunas veces uno no hace lo que quiere, pero debe amar lo que hace. Si vuelvo a nacer, no dudaría en ser docente de la UPEL».
El jueves 18, en el Instituto Pedagógico de Caracas, quedó sellada una certeza colectiva: la ciencia y la educación venezolana tienen en Bezada un referente de dignidad, constancia y progreso real. Como bien advirtió Matute en su mantra: ese es, sin duda, el maestro.


